La historia … y su perspectiva.

Tratando de comprender este mundo nuestro, uno estudia su historia y evolución desde los albores de la humanidad con el hombre de Neandertal y el de Cro-Magnon, pasando al vuelo (son tantos los detalles que no resulta práctico pararse en todos) por el auge y declive de las más variadas civilizaciones, hasta aterrizar en nuestros tiempos modernos.

Hay fundamentales diferencias entre vivir la historia en su momento, actuando estrictamente según los conocimientos y las prioridades de la época, y estudiarla a posteriori. A posteriori siempre disponemos de elementos añadidos tales como el saber los resultados de las acciones para lanzarnos a analizarlas desde una perspectiva más amplia, y a posteriori también nosotros mismos como investigadores no podemos compararnos con las gentes que fueron protagonistas de las acciones, puesto que disponemos de toda una batería de conocimientos desconocidos por entonces que nos permiten mirar esos acontecimientos y evaluarlos tal como un sabio anciano haría con sus "locuras" de juventud.

Para comprender la historia, hay que evaluar los hechos a partir de los datos que por entonces estaban disponibles y respetando las ideas que movían a sus actores. Para aprender de la historia analizamos los hechos de entonces con los conocimientos de HOY, e intentamos extraer lecciones tanto de lo que aparentemente fue mal como de lo que estuvo bien, para aprovechar ese conocimiento y tratar de sacar pautas de conducta que optimicen de cara a nuestro futuro (inmediato o remoto) el evitar errores pasados u aprovechar aciertos.

Una de las principales ventajas del inexorable paso del tiempo es que vamos acumulando conocimientos, y a la medida en que lo hacemos vamos cambiando nuestras opciones de acción eliminando cada vez más incertidumbres y yendo más directos al grano. Antaño, todo lo desconocido, que era mucho, quedaba en manos de unos oscuros dioses que "jugaban" con los humanos y hacían cosas incomprehensibles ante las que había que postrarse en un claro gesto de impotencia. Pero los buscamos, con ahínco, a esos misteriosos dioses, y no los encontramos … Siempre nos consolábamos diciendo que estarían más allá del mundo conocido, hasta que llegó un momento en que terminamos por explorarlo todo, sin encontrar el menor rastro.

Ya no hay lugares donde puedan morar los dioses sobre la faz de la tierra, de donde puedan salir caprichosamente a arrasar nuestros humildes logros. No hemos encontrado a los dioses, pero si nos hemos encontrado y nos conocemos todos los humanos. Ya no hay que temer como pudo haber hecho el Neandertal, que pueda surgir de alguna parte un Cro-Magnon que nos dispute el espacio vital y nos aboque a la extinción.

Al conocernos todos, queda eliminada la incertidumbre de un factor sorpresa que venga a desbaratar cual elefante en una cacharrería, los tímidos acuerdos de coexistencia que llegamos a establecer entre nosotros. Acuerdos políticos, harmonización de principios filosóficos, pactos de no-agresión, leyes de la guerra (para cuando se avere inevitable), etc.

La eliminación de las incertidumbres más básicas crea civilización, va acumulándole capas como si de una cebolla cada vez más grande se tratara…

Llega un momento en que nuestra civilización se hace tan global, que lo abarca todo, y ese saberse todos incluidos nos permite establecer reglas generales que asumimos vinculantes para todos, como puede ser el caso paradigmático de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada el 10 de diciembre de 1948. (Sin olvidar que hubo que pasar por la barbarie de una Segunda Guerra Mundial antes de que encontráramos motivos suficientes para dar este paso).

A todos los efectos, entramos en la era de la globalización en el mismo instante en que nos dotamos de instrumentos de decisión cuyos resultados son vinculantes para todos.

La DUDH es un acuerdo sobre principios que nos reconoce a todos, sin distinción de ninguna clase, unos derechos inalienables por el mero hecho de ser humanos, pero más que darnos algo en sentido positivo, lo que hace es establecer globalmente unos límites al libre albedrío de individuos, corporaciones y/o naciones, obligándoles a abstenerse de utilizar cualquier tipo de artimañas que infrinjan su articulado.

Desgraciadamente, lo arriba expuesto sigue siendo aún hoy más teoría que práctica, y muy pocos actores públicos pasan la prueba del algodón.

Nuestro modelo evolutivo es tal que nos empecinamos en ampararnos en la fuerza bruta, ya sea directamente física o en forma de presión diplomática, política, comercial, etc. que hemos adquirido en el pasado pasándonos por el forro los principios que ahora abanderamos, para imponer a los demás unas restricciones que les impiden acortar la distancia que les separa de nosotros. Nos dotamos de un inmenso laberinto diplomático donde nos escondemos en los recovecos más insospechados de la limitada capacidad de los demás para encontrarnos, mientras al mismo tiempo montamos enormes focos que impiden que los menos dotados se aparten ni un milímetro del itinerario marcado (los diplomáticos son unos tahúres profesionales, demasiado bien pagados, por cierto).

El modelo competitivo que evolucionó históricamente sobre la base del "todo vale" para mantener la supremacía y garantizar la supervivencia a base de impedir que nadie pueda hacerle sombra a los recursos de los que uno dispone, ha abocado en una loca carrera despiadada sin más meta a la vista que quedarse sólo mientras todos los demás se derrumban detrás de uno. No hay ninguna garantía de calidad en el premio perseguido, sólo la certeza de que sea lo que sea aquello que nos quede, los demás tendrán aún menos, y por consiguiente seremos ganadores.

La globalización de los derechos humanos, vista a través de ese mecanismo competitivo, se está utilizando para extender ese manto hipócrita a todos los rincones de la orbe, dando prioridad a aquellos de los mismos que nos benefician y posponiendo sine die la aplicación de aquellos que nos molestan.

La globalización del comercio va por los mismos derroteros.

Para aprender de la historia, hay que comprender esos mecanismos que impregnan toda la acción humana. Hay que armarse del conocimiento y de la ética que son el resultado de la sabiduría acumulada a nivel global, la globalización del conocimiento si queremos seguir aplicando el término, y hay que ser conscientes y tomar nota de todas y cada una de las situaciones donde las fuerzas herederas de un pasado ignorante aplican su fuerza bruta para distorsionar la visión que se nos presenta del mundo a su favor.

Para saber dónde estamos, hay que aprender a desmontar toda una inmensidad de capas de mentiras superpuestas que nos ocultan donde cada cual ha instalado las trampas que inclinan la balanza a su favor y nos dejan huérfanos de equilibrio.

Un equilibrio esencial para saber quienes somos, dónde estamos, y hacia dónde vamos.

Como indivíduos, y como especie.


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